Al día siguiente, con mi nueva remera favorita, caminamos por las calles porteñas con mi amigo... me invitó a tomar el café que más odio, por su sabor a quemado: Starbucks. Para taparle el sabor inmundo, le puse toneladas de cacao y vainilla, pero ese aroma a grano chamuscado quedaba. Tapé el café, pero lo hice mal. Resultado: me quemé y mi remera quedó manchada (por lo menos, cayó en el ojo derecho del monstruito, así que parece que el coso llora café).
Esa noche, fatídica por cierto (oh si, esa quemadura era una premonición del sufrimiento que padecería más tarde), otro de mis amigos, canceló su salida conmigo. Su motivo (que no es válido) fue "no voy a ver el partido con vos, porque sos mufa, y mi equipo pierde". Eso me enojó de sobremanera, porque él es la cábala para mi equipo, y fue así como no pude mufarlo, y Belgrano perdió un partido fácil. Lágrimas de sangre corrieron por mis mejillas, y puteadas varias via Facebook fueron proferidas para mi ex (?) amigo.
Tras putear con Brisa por la mala suerte y el mal juego de nuestro viejo y glorioso Belgrano, me tiré a ver tele, y por supuesto, don DirecTV funcionaba como mi cara, o sea: MAL.
El domingo, me convertí en una abnegada ama de casa, lavando ropa a mano y cocinando... ContaMadre no debe poder creer que lave ropa a mano, cocine, limpie y tenga medianamente decente mi microdepto.
El lunes, con los mocos cayendo, no por el llanto Belgranense, sino por un resfrío, recibí un llamado inesperado. Veremos que pasa. Esperemos que sea para bien.